Prólogo de José Miguel Insulza para el libro “Allende: visión de un militante”, de Jaime Suárez B.
Noviembre 28, 2008
Conocí a Jaime Suárez, primero, como dirigente del Partido Socialista durante los críticos años sesenta y luego como miembro del Gabinete del presidente Allende. Sin embargo no llegué a intimar con él sino hasta nuestro exilio, durante inolvidables veladas en su casa o en la mía en cualquiera de los muchos lugares a los que nos llevó nuestra diáspora de aquellos años. De esos encuentros puedo evocar su voz ronca de fumador empedernido, pero mucho más la sonrisa franca que hablaba de un hombre que no obstante las circunstancias enormes que le tocó vivir, trágicas algunas, trascendentes las más, no perdió nunca el amor por la vida e hizo del goce de existir una práctica cotidiana.
Esa imagen de Jaime Suárez ha vuelto a mi memoria al leer su interesante libro, porque pocas personas como él, que fueron actores principales de uno de los períodos más importantes y dramáticos de nuestra historia, lo hicieron al mismo tiempo con la alegría auténtica de quien no sólo se consideraba construyendo el futuro sino además disfrutando cada minuto del presente; una manera de ser que se traspasa sin filtros a cada página de su obra.
No es de extrañar, por ello, que su visión de Salvador Allende sea, por encima de todo, vigorosa y alegre. La imagen que de él nos prodiga es la de un hombre de un valor a toda prueba, capaz de enfrentar los escenarios más adversos -desde Congresos del Partido Socialista en los que estaba en absoluta minoría hasta reuniones del Senado de la República en los que sabía que su mensaje sería no sólo rechazado sino que abiertamente repudiado- para exponer su pensamiento con una transparencia que hoy sería quizá considerada ingenua, sin retoques ni concesiones de ningún tipo, con la verdad como única guía. También la de un político que sabía que los triunfos sólo se consiguen merced a la perseverancia y al tesón; que son el trabajo aplicado y no la audacia o los golpes de mano los que conducen al logro de los objetivos perseguidos. Y al mismo tiempo la imagen de un hombre que jamás renunció a su compromiso con los trabajadores, con los más pobres y los más vulnerables, pero no por ello dejó de ser “atildado” en el vestir o abandonó una “galantería muy desenfadada” de la que, según Suárez, hacía gala constantemente.
La “visión de un militante” que Jaime Suárez nos deja de Allende es, también, la de un hombre que nunca perdió la curiosidad ante lo nuevo, que nunca dejó de dialogar y de respetar la opinión de los jóvenes y que nunca dejó de entender y adaptarse a los cambios que traía consigo la evolución de la sociedad en que le tocó vivir. Esa permanente capacidad de renovación le permitió a Allende participar en divisiones y refundaciones del socialismo chileno, ser masón y socialista; ser, como nos recuerda Suárez, al mismo tiempo un “político frío, parlamentarista, partícipe y protagonista de un régimen democrático burgués” y tener la “sensibilidad y el valor moral de asumir en plenitud los objetivos anhelados entrañablemente por los revolucionarios”. Y pudo ser ese hombre multifacético, capaz de renovarse a sí mismo permanente porque, como Suárez nos muestra una y otra vez a lo largo de las páginas de su obra, nunca dudó de sus ideales. Porque nunca se apegó a las formas y siempre se preocupó de los contenidos. Porque, por encima de todo, fue un hombre consecuente.
El texto que el lector ahora tiene en sus manos también nos habla, y mucho, de su autor. No sólo porque a lo largo de sus páginas Suárez no escatima una información autobiográfica que nos habla de quien, habiendo llegado al socialismo “…como respuesta a la injusticia… o porque nos invitó un amigo o vaya a saber por qué…”, terminó por convertirlo en los cuatro puntos cardinales de su existencia, sino también porque las semblanzas y bocetos de otros políticos -socialistas o no- de los que es pletórico el texto, no sólo retratan a los retratados sino también al retratista: su generosidad en el juicio de los demás, su carencia de rencores y su buena voluntad para con todos.
Creo que ser socialista como Allende significa vivir como él. Permanentemente consecuente con los principios, pero siempre abierto a los cambios y a los tiempos. Sin dejar nunca de mirar al futuro, pero con los pies firmemente asentados en la realidad del presente. Son muchos los que viven orgullosos de ser socialistas como Allende y creo que serán muchos, también, los que después de leer este libro dirán además, y socialistas como Jaime Suárez.
José Miguel Insulza



















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