El mar picado exige un nuevo capitán.
Octubre 20, 2008 · Imprimir este artículo
Antonio Gil. Escritor. Tratar de aplicar los mismos remedios a enfermedades nuevas es un anacronismo facilista y de mal pronóstico. Una figura probada bajo fuego, como José Miguel Insulza, representa hoy, a mi módico entender, la única carta fuerte para hacer frente a la funesta amenaza de traspasarle el Estado de Chile a una derecha inescrupulosa y mercantil.
Nadie olvida que fue un 11 de marzo de 2000 cuando Ricardo Lagos se convirtió en nuestro Presidente de la República número 46. Y que, a sólo dos días de asumir el mando de la nación, y tras treinta años de puertas cerradas a machote, el mismo Lagos Escobar abrió la Casa de Toesca al paseante común, junto con llamar directamente a los chilenos a que asuman activamente el protagonismo de su propia historia y destino.
Y que fue la firma de los tratados de libre comercio con la Unión Europea, Estados Unidos y Corea, el sello de esos tiempos en materia de comercio internacional e integración al mundo. Fue su mandato un período signado por los avances viales.
La tristemente descalabrada reforma educacional, la modernización de los procesos judiciales, y el nunca bien comprendido Plan Auge, de gran repercusión en las prestaciones de salud de la población, y que hoy todos agradecemos.
Fue con él que se creó el plan “Comuna Segura, Compromiso 100″, y el Plan Cuadrante. Cómo olvidar que, en el campo de la cultura, Lagos promulgó las nuevas leyes de Calificación Cinematográfica, liberando así a las audiencias de una medieval e inadmisible censura, y tampoco olvidamos, con gratitud, que su régimen fue el que creó el Consejo Nacional de las Artes y de la Cultura, que tanto provecho ha traído.
Fue bajo su mandato que se inicia la democratización de internet que hoy gozamos, al tiempo que se instituye el gobierno electrónico, gracias al cual los servicios del gobierno central comenzaron a contar con portales de internet, lo que permite hoy una fácil interacción de la ciudadanía con ellos.
Tampoco olvidamos sus genuinos esfuerzos por lograr un Chile más justo y equitativo, pese a que las cifras demuestran la derrota total de su loable cometido. La obra de Lagos no cae en el olvido, como no olvidamos los chilenos, con gratitud, que en 1853 se creó el sistema de correos. Se empezaron a usar estampillas, de acuerdo con cuán lejos fuera el destino de la carta.
Con los nuevos caminos, la red de correos se amplió durante el Gobierno de José Joaquín Pérez y se introdujo, en esos años, un gran avance: el telégrafo eléctrico.
Tampoco echamos en saco roto que con el Presidente Manuel Montt se tendieron líneas desde Santiago hasta Valparaíso (1852) y Talca (1856). Y que, con Pérez, esta línea se extendiera por el sur hasta Nacimiento.
Se trata simplemente del progreso, inherente a la condición de gobernar un país como corresponde. Y no por eso traeríamos de la ultratumba a Pérez, o a Montt, que lo suyo hizo, para volver a terciarle la banda presidencial. Cada cosa tiene su tiempo y su lugar. Grande fue Ricardo Lagos, Chile agradece sus desvelos y progresos, pero su tiempo ya fue.
Como lo fue el de Frei Ruiz-Tagle, otro interesante estadista de la transición, que cumplió con los desafíos de su tiempo con celo ejemplar.
Tratar de aplicar los mismos remedios a enfermedades nuevas es un anacronismo facilista y de mal pronóstico. Una figura probada bajo fuego, como José Miguel Insulza, representa hoy, a mi módico entender, la única carta fuerte para hacer frente a la funesta amenaza de traspasarle el Estado de Chile a una derecha inescrupulosa y mercantil, que nos transformaría, definitivamente, en un supermercado de ofertas para los intereses transnacionales. Insulza sabe, Insulza tiene fuerza. Y, por fortuna, el hombre está abiertamente disponible para capitanear a Chile en estos días de borrasca.
Antonio Gil, escritor. Columna publicada en La Nación Domingo el 19 de octubre de 2008



















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