Culminación de los 10 años frente a la Organización de Estados Americanos

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Washington, DC.- Hace diez años, el 25 de Mayo de 2005, este Consejo Permanente me recibió en sesión solemne, dando inicio a lo que serían mis dos periodos de gestión como Secretario

General de la Organización de Estados Americanos. Los plazos se han cumplido: este mismo Consejo me despide hoy y recibirá el próximo 26 de Mayo al nuevo Secretario General. Así debe ser en democracia: las instituciones permanecen, las personas cambian, de acuerdo a reglas que todos respetamos.

En estas últimas palabras, diré algo sobre lo que sido este tiempo y como ha repercutido en la OEA. Pero quiero comenzar por agradecer; primero a mi esposa Georgina, a mi hijo Daniel, que me acompañan hoy, y a mis hijos que no están aquí pero que me han acompañado todos estos años, Francisca y Javier.

Quiero agradecer a las dos personas que vinieron conmigo ese 25 de mayo de 2005, cuando llegué a Washington, Patricia Esquenazi y Ana María Fernández.

A mi amigo y compañero Albert Ramdin, con quien hemos compartido tiempos muy importantes y decisiones muy fundamentales desde que nos conocimos hace ya más de diez años. A mis jefes de gabinete, el embajador Hugo De Zela y Ricardo Dominguez, que lo precedió. A los asistentes de mi gabinete Ana Pérez Katz, Pamela Moraga, Paul Spencer.

A este Consejo Permanente con el que ciertamente he intentado tener siempre una relación también permanente y frecuente a pesar de mi millón ochocientas mil millas recorridas durante mi ejercicio en esta Organización. Creo que todas las veces que he podido estar, he estado presente.

Quiero agradecer muy especialmente a este Consejo y ojala esto no se entienda como una omisión de nadie, a mis amigos del Caribe, en ese largo proceso que culminó con mi elección con una mayoría muy amplia, empecé con 17 votos de los cuales 11 eran de los Estados del Caribe.

Quiero agradecer también a Cecilia Cusianovic, a Ulises Kurzbach. A mis grandes amigos Sergio Martínez, que me ha acompañado aquí 10 años, y Hernán Puentes, con el que fuimos compañeros de colegio, en la escuela primaria. A la directora de Protocolo, Anita Obrien, que ha sido tan generosa conmigo. A todos los secretarios a los cuales tuve la oportunidad de despedir ayer y a todo el staff de la Organización sin cuyo esfuerzo ninguna de las cosas que se han logrado se habría podido alcanzar, a su personal que con todo su afecto frente a nuestras dificultades materiales, muy probablemente son los que más merecen nuestro reconocimiento por su desempeño en condiciones muchas veces muy difíciles.

Esta transición tranquila y normal ocurre tras una década que estuvo marcada por enormes cambios en el sistema internacional y también en nuestro hemisferio. Esos cambios, han transformado el rostro de las Américas, en el norte, en el centro y en el sur, aunque tuvieron lugar de manera distinta en cada región.

América Latina y el Caribe, vivieron, en cifras agregadas, una década de gran crecimiento, sólo interrumpida por la crisis de 2008-2009. Ese crecimiento y los adecuados programas de sus gobiernos, permitieron a muchos salir de la pobreza, que por primera vez afecta a menos del 25% de su población, lo que es mucho, pero ciertamente menos que el 42% que tuvimos en el 2002.

Los países del Norte, que tienen casi un tercio de la población americana y más de dos tercios de su Producto Bruto, vivieron los efectos de la crisis financiera nacida aquí, que han conseguido superar en una medida importante, pero que ha dejado también huellas en la política y un sorprendente aumento de la desigualdad.

Por primera vez en nuestra historia, todos los países de la OEA tuvieron gobiernos democráticamente electos, y la estabilidad de esos gobiernos se hizo general. La democracia ha llegado a todo el continente y aunque aunque no se extiende suficientemente a todos los aspectos que considera nuestra Carta Democrática Interamericana, creo que hemos tenido grandes progresos.

Al mismo tiempo, el mundo transita hacia una mayor tensión. Cuando asumí este cargo, había guerra abierta en Irak y en Afganistán y ello continuaría durante toda la década. El colapso de la llamada “Primavera Árabe” sólo ha conseguido involucrar en el conflicto a cada vez más naciones, extendiéndose por todo el Medio Oriente y hacia todo el Norte de África. La crisis en Ucrania confronta hoy a algunos de los protagonistas de la Guerra Fría y ha permitido hablar abiertamente a algunos, hablar de un “retomo de la geopolítica”. Hay hoy más conflictos regionales o locales que los que hubo nunca durante el período de Guerra Fría.

Entretanto, en ese mundo convulso, nuestra región es un continente de paz, sin conflictos agudos entre sus países y la década culmina con la esperanza cierta de paz en el último conflicto armado interno en Colombia. Algunos de nuestros países, sobre todo los del norte, han ido asumiendo cada vez más responsabilidad en los mayores conflictos, que afortunadamente están muy lejanos de nuestro hemisferio. La conducta de todos, sin excepción, apunta a que esas crisis no lleguen a nuestras tierras y mantener esa situación de paz que hoy día disfrutamos.

Toda esta evolución mundial y hemisférica no podía sino transformar de manera importante el sistema interamericano. El progreso de América Latina y el Caribe se expresa también en una afirmación de su identidad y una exigencia de mayor igualdad en el sistema. Al mismo tiempo, se ha producido una apertura significativa de estas regiones al diálogo y al intercambio con otras regiones. Ya había una relación histórica con Europa, pero ahora la expansión de la economía china significó una presencia mucho mayor del Asía-Pacífico, un aumento enorme del comercio y la inversión de ese país en la región. Solo el comercio de China con América Latina, creció de 4 a 71 billones de dólares en menos de una década, acercando así a ambas regiones.

Como se ha dicho aquí, para gestionar las nuevas realidades surgieron nuevos organismos: América es un continente de regiones y la UNASUR se une al CARICOM y el SICA, en la expresión de esa realidad; y la CELAC asume el objetivo indispensable de tener una sola voz con otras regiones del mundo globalizado y adoptar puntos de vista comunes ante la situación internacional.

Las visiones políticas representadas en nuestra Organización se hicieron también mucho más variadas.

Nunca, ni siquiera en los tiempos de mayor hegemonía, nuestros gobiernos pensaron de manera idéntica; pero no cabe duda que esta última década ha sido la de mayor diversidad, ideológica entre nuestros Estados Miembros. Por cierto, aunque en principio esa diversidad ideológica tiene límites expresados en la común adhesión a la Carta Democrática Interamericana y la Carta Social de las Américas, detrás de los énfasis que algunos países ponen en determinados aspectos de la Carta, hay un debate más de fondo, que no ha concluido, acerca de los contenidos y alcances de la democracia.

Vivimos, en definitiva, realidades diferentes que ya existían cuando se creó este sistema. Ello significa nuevos desafíos para el sistema interamericano. Los grandes pilares de paz, democracia, derechos humanos, desarrollo integral y seguridad, siguen estando plenamente vigentes a nivel hemisférico, conforme a nuestra agenda, pero deben llenarse de contenidos

que se correspondan con los grandes problemas del presente.

Vine hace diez años con la convicción de que eso era posible porque ha ocurrido así muchas veces. De otro modo este sistema no habría existido durante más de un siglo: el fin de la Segunda Guerra y el advenimiento de la Guerra Fría hicieron ineficaz la Unión Panamericana tras 38 años de vida y dieron lugar a la creación de la OEA. La omisión de los ternas del desarrollo en la primera OEA, en 1948, motivó las reformas que condujeron en esta Organización, a la creación del Banco Interamericano de Desarrollo, anterior a la Alianza para el Progreso, y luego a nuestros programas de Desarrollo Integral y a la Carta Social. Las graves violaciones a los derechos humanos cometidas por las dictaduras de América del Sur y en las guerras civiles de Centroamérica, nos llevaron a crear un Sistema de Derechos Humanos que hoy nos enorgullece y que queremos fortalecer. Cuando percibimos que los temas de la seguridad externa no eran la principal preocupación de los ciudadanos de las Américas, avanzarnos hacia convertir los temas del narcotráfico y el crimen en nuestras preocupaciones principales en materia de seguridad y aprobamos las normas jurídicas para ello.

Estas consideraciones y muchas otras nos proponían una tarea mucho más difícil, en esta Organización en que todos deben estar y todos tienen agendas relativamente distintas. El problema era cómo hacer que la OEA siga siendo de todos los miembros por igual, porque la OEA es de todos los miembros por igual, no de los más grandes o de los más chicos, no de los que piensan A o de los que piensan B. El precepto del artículo cuarto de nuestra Carta de la OEA que señala que son miembros de esta Organización todos los que hayan firmado su Carta fundamental, está más vigente que nunca. Cuando se formuló, aun cabían formas de presión y de coerción, hoy todos los miembros reclaman su igualdad jurídica y política. Eso está claro para casi todos, con la excepción de algunos nostálgicos de los tiempos de la Guerra Fría y la hegemonía, que dicen que la OEA ha perdido vigencia porque no interviene de la manera en que alguna vez lo hizo en los Países Miembros.

Pero la gran mayoría sabe que los tiempos de la intervención ya concluyeron y que, por consiguiente, el único camino por el cual es posible conducir las relaciones interamericanas es el de la inclusión, el diálogo y la cooperación. Porque, incluso para poder aplicar los preceptos de la Carta Democrática Interamericana y las acciones colectivas que prevén nuestras normas, se requieren hoy consensos amplios; y a esos consensos amplios sólo se puede llegar por la vía del diálogo.

Resumí mi pensamiento respecto de la OEA, a través de una definición que incluí en la segunda entrega de la Visión Estratégica que presenté a este Consejo a comienzos de 2011 y que repito ahora:

“Una Organización inclusiva, de países soberanos, diversos y legitimados por la democracia, que actúan sobre la misma agenda hemisférica, en plena igualdad, es la exigencia de la OEA del Siglo XXI, muy lejana de lo que nos demandaba aquella que nos impuso la Guerra Fría”.

Inclusión, democracia, soberanía, igualdad, son cuatro valores que a veces no coexisten cómodamente. Pero son, querámoslo o no, nuestro desafío, y debemos ser capaces de volcarlos en nuestra agenda hemisférica. He intentado, en todos estos años, defenderlos de manera coherente, tratando de dar a cada situación un tratamiento similar, al margen de la tendencia política de los actores involucrados y considerando que, en definitiva son los países soberanos los que deben decidir los cursos de acción.

El tema de la inclusión fue lo que me llevó a plantear, de manera insistente, el asunto de la prolongada exclusión de Cuba del Sistema Interamericano, que duró más de medio siglo. Desde las primeras Asambleas Generales y de la Cumbre de Mar del Plata, cuando nadie hablaba de Cuba, hasta el levantamiento de las sanciones en la Asamblea de San Pedro Sula de 2009, pasamos casi todo el primer período de gestión argumentando en toda oportunidad que no podía mantenerse una marginación propia de la Guerra Fría, sobre la base de situaciones obsoletas como que Cuba era parte del eje Chino- Soviético, mientras todos los Países Miembros menos uno tenían relaciones normales con ese país. Deciamos que eso ciertamente demostraba la inutilidad del bloqueo y la exclusión. Por eso sentirnos como propia la reinclusión de Cuba al Sistema en la Cumbre de Panamá y esperamos sincera y pacientemente que llegue el momento de mayores acercamientos.

El principio de inclusión me llevó también a proponer, desde el momento en que se produjo una normalización de la democracia en Honduras, el inmediato fin de su suspensión. La demora de un año fue innecesaria y ratifica mi convicción de que el uso de estos instrumentos punitivos debe ser siempre breve y excepcional.

El principio democrático nos llevó a actuar en todas las ocasiones en que un País Miembro requirió de la aplicación de la Carta Democrática Interamericana y, en un solo caso, cuando la Asamblea General determinó que se había producido un grave rompimiento del orden democrático en un país miembro. Creo que hicimos una aplicación adecuada de los preceptos de la CDI, en la medida en que ningún País Miembro solicitó, en ningún caso, la

aplicación a ninguna otra situación. La OEA es un organismo multilateral, no supranacional, y debernos respetar escrupulosamente la soberanía de sus Estados Miembros. Los llamados reiterados a que ´Insulza aplique la Carta Democrática Interamericana´ a algún país, no tenían ningún asidero en la juridicidad de esta organización.

Pero la Carta Democrática no es sólo para castigar o evitar golpes, como ocurre con otras llamadas “cláusulas democráticas”. Por eso muchos de los principales programas de la OEA tienen su fundamento jurídico en ella y en otros instrumentos de la Organización: 105 observaciones electorales en esta década defienden el precepto de la Carta Democrática en la generación democrática de autoridades; diez mil facilitadores judiciales promueven el acceso a la justicia: la Convención contra la Corrupción y el Mecanismo de seguimiento (MESISIC); los Programas de Registro Civil y de Gestión Pública Efectiva; son aplicaciones positivas de nuestra Carta Democrática, que buscan mejorarla a través de la cooperación.

Creo que en estos años hemos avanzado sustantivamente en plasmar nuestro concepto de desarrollo integral y precisar nuestros aportes en ese plano. El Consejo Interamericano de Desarrollo Integral ha jugado un papel central, primero para permitirnos suscribir la Carta Social, que fija el marco de nuestra acción en esta materia. Otros organismos internacionales tienen recursos mucho mayores que los nuestros para apoyar programas concretos de desarrollo; pero nosotros contamos con la legitimidad para desarrollar un debate normativo que haga más luz y permita mayor cooperación, haciendo también nuestra contribución.

La creación, a partir de los mandatos de nuestra Asamblea General de Asunción de 2014, y de la reciente Cumbre de las Américas de Panamá, del área de inclusión social, puede permitirnos unificar aún mejor estos conceptos. Creamos, en nuestra Secretaria de Desarrollo Integral un Programa de Desarrollo que ya produce un Informe bianual sobre el tema, con la valiosa experiencia de la OECD. Y podemos extendernos mucho más aún en este asunto que no debemos dejar de lado porque es hemisférico por definición.

Las áreas de competitividad, educación -hemos más que triplicado el número de becas, en cooperación con nuestra red de Universidades y algunos de nuestros Estados Miembros y observadores-, los temas de medio ambiente, reflejan bien los aportes que esta OEA, con los recursos de que dispone. Debemos concentrarnos más en el fortalecimiento institucional, y la preparación de recursos humanos para contribuir al gran esfuerzo por el crecimiento y el desarrollo que compartimos con otros organismos internacionales.

El área de seguridad también ha vivido una mayor transformación, con la creación -México 2003- de la Secretaria de Seguridad Multidimensional, la consiguiente priorización de los temas de seguridad pública, la creación de un Departamento de Seguridad Pública, la lucha contra el crimen organizado; el enfrentamiento de nuevos temas como el cibercrimen y sobre todo aquellos que realizamos a través del Informe de Drogas varias veces mencionado aquí.

He dejado para el final dos temas; el primero, la dimensión de género. Yo creo que no es posible que en una Organización como ésta, dedicada fundamentalmente a los temas de la gobernabilidad democrática, sigan existiendo algunas de las desigualdades de género que todavía subsisten en nuestras sociedades, que no dicen relación solamente con la violencia, que era a lo que se dedicaba fundamentalmente la CIM durante mi primer periodo aquí. El tema de la mujer también llega a la economía, al trabajo, a la participación política. Hemos conseguido colocar a la Comisión Interamericana de la Mujer nuevamente en el papel que le corresponde. Planteé muy temprano en esta organización, que una democracia sin igualdad de género es solo media democracia.

El segundo gran tema es el de los derechos humanos. Estoy convencido de que es uno de los principales, sino el principal recurso ético de esta organización, la principal fuerza que ha tenido a lo largo de todos estos años es el sistema de derechos humanos. Trabajamos con ese objetivo para fortalecerlo, para tratar de resolver algunos de los problemas que ese sistema enfrentaba, sobre todo el tema del diálogo y del acercamiento con los Estados Miembros con las democracias que hoy día integran o gobiernan nuestros países. Sin embargo, creo que subsisten algunos desafíos. El primero de ellos es el atraso que se produce en el tratamiento de los casos, porque cada vez más gente concurre a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. El segundo es que aún no es un sistema tan integral como el que quisiéramos.

De alguna manera, esto refleja los cambios en esta organización, o los cambios en este mundo. Hace veinte años, muchos de nuestros países estaban satisfechos con que hubiera una comisión de derechos humanos que fuera a resolver o enfrentar las gravísimas violaciones que existían en ellos, y estábamos agradecidos de quienes hacían posible eso, aunque no participaran plenamente del sistema. Hoy, el mundo ha cambiado y no basta con financiar a los organismos de derechos humanos, es indispensable pertenecer a ellos, y que éste sea el sistema de derechos humanos que todos debemos apoyar y al que todos debemos pertenecer. Para mí, el tema de los derechos humanos es crucial en la Organización de los Estados Americanos y ojalá sigamos adelante para ese fortalecimiento.

Hay palabras que se ponen de moda y, últimamente, las que yo más he escuchado en mi despedida de la OEA son las de liderazgo y legado. Debo confesarles que hace algunas semanas empecé a pensar en cuál era, y algunas de las cosas han surgido aquí. Si hiciéramos una votación sobre el legado, seguramente la Visión Estratégica, el tema de Cuba, las drogas, los temas generales de seguridad, la Misión de Apoyo al Plan de Paz en Colombia les vienen a muchos a la mente.

Cuando empecé a trabajar en el libro que ustedes ya tienen en su poder, pensé mucho en una cantidad pequeña de temas que dieran una idea de lo que era. Después consideré que no podía dejar de hablar de los temas de género y la última asamblea fue sobre la inclusión social y la Carta Social. Naturalmente, también está el fortalecimiento del proceso de Cumbres. Hasta la tercera Cumbre de las Américas, en la OEA éramos solo observadores; hoy día la OEA es protagonista, así es que también había que incluirlo.

El esfuerzo enorme que ha realizado nuestro Departamento de Educación para triplicar el número de becas con cada vez menos dinero, cómo iba a dejar fuera de este legado las 105 observaciones electorales; qué van a decir los diez mil facilitadores judiciales si ven que no figuran en el legado del Secretario General, son diez mil facilitadores en numerosos países de América que trabajan voluntariamente para resolver problemas entre sus vecinos, y que llevan orgullosamente la insignia de la Organización de Estados Americanos.

La Carta Democrática Interamericana y sus aplicaciones, porque la hemos aplicado varias veces. Recuerdo el orgullo que sentí cuando el Consejo Permanente decidió en una mañana que yo tenía que ir a Ecuador, donde el gobierno estaba amenazado por una insurrección de la policía, y fui el primer funcionario internacional que llegó a Ecuador. Esas aplicaciones de la Carta tampoco se pueden perder de vista.

La participación de la sociedad civil, no hay ninguna organización en el mundo que tenga el grado de relación que tenemos nosotros con la sociedad civil. El desarrollo de la actividad público-privada; hoy día trabajamos con organizaciones empresariales, realizamos, gracias al BID, exitosas reuniones del mundo empresarial con las organizaciones internacionales, en nuestras Cumbres y en nuestras Asambleas. ¿A cuál, para fines periodísticos, le adjudicamos entonces la palabra legado?

Yo prefiero decir, como un ex Presidente de Estados Unidos, el Presidente Bill Clinton, que finalmente, el único test de la democracia es que a uno le pregunten cómo estaba su país o su organización cuando usted vino, y cómo está ahora. Y yo les quiero decir que me siento profundamente orgulloso de los que hemos hecho estos años, porque estoy convencido que hemos hecho muchas cosas buenas por la región y que esta Organización sale de esta década mucho más fuerte que lo que la encontramos.

 

Muchas gracias a todos ustedes.